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LA VIOLENCIA PERVERSA EN LA VIDA COTIDIANA.

 


Los pequeños actos perversos son tan cotidianos que parecen normales. Empiezan con una sencilla falta de respeto, con una mentira o con manipulación. Pero sólo los encontramos insoportables si nos afectan directamente. Luego, si el grupo social en el que aparecen no reacciona, estos actos se transforman progresivamente en verdaderas conductas perversas que tienen graves consecuencias para la salud psicológica de las víctimas. Al no tener la seguridad de que serán comprendidas, las víctimas callan y sufren en silencio.

Esta destrucción moral existe desde siempre, tanto en las familias, en las que se mantiene oculta, como en la empresa, donde las víctimas, en épocas de pleno empleo, se acomodaban a ella porque tenían la posibilidad de marcharse. Hoy en día, las víctimas se aferran desesperadamente a su lugar de trabajo en detrimento de su salud física y psíquica. Algunas de ellas se han rebelado y, en algunos casos, han iniciado pleitos; el fenómeno está invadiendo los medios de comunicación y la sociedad se hace preguntas.

Con frecuencia, los terapeutas, en nuestra práctica clínica, somos testigos de historias de vida en las que la realidad exterior no se distingue claramente de la realidad psíquica. Lo que llama la atención en todos estos relatos de sufrimiento es la repetición. Lo que cada cual creía singular lo comparten, de hecho, muchas personas.

La dificultad de las transcripciones clínicas estriba en que cada palabra, cada entonación y cada alusión tienen su importancia. Todos los detalles, tomados aisladamente, parecen anodinos, pero su conjunto crea un proceso destructor. La víctima es arrastrada a ese juego mortífero y ella misma puede reaccionar a su vez de un modo perverso, pues cada uno de nosotros puede utilizar este tipo de relación con un objetivo defensivo. Esto es lo que conduce a hablar, erróneamente, de la complicidad de la víctima con su agresor.

En el transcurso de mi práctica clínica he visto cómo un mismo individuo perverso tendía a reproducir su comportamiento destructor en todas las circunstancias de su vida —en su lugar de trabajo, con su pareja y con sus hijos —, y es esta continuidad de comportamiento lo que quiero subrayar. Así, existen individuos que tapizan su trayectoria con cadáveres o muertos vivientes. Y esto no les impide dar el pego ni parecer totalmente adaptados a la sociedad.


LA VIOLENCIA PERVERSA EN LA PAREJA

A menudo se niega o se quita importancia a la violencia perversa en la pareja, y se la reduce a una mera relación de dominación. Una de las simplificaciones psicoanalíticas consiste en hacer de la víctima el cómplice o incluso el responsable del intercambio perverso. Esto supone negar la dimensión de la influencia, o el dominio, que la paraliza y que le impide defenderse, y supone negar la violencia de los ataques y la gravedad de la repercusión psicológica del acoso que se ejerce sobre ella. Las agresiones son sutiles, no dejan un rastro tangible y los testigos tienden a interpretarlas como simples aspectos de una relación conflictiva o apasionada entre dos personas de carácter, cuando, en realidad, constituyen un intento violento, y a veces exitoso, de destrucción moral e incluso física.

Describiré varias parejas en distintos estadios de la evolución de la violencia perversa. La longitud desigual de mis relatos se debe a que este proceso se despliega durante meses —a veces durante años—, y a que las víctimas, a medida que su relación evoluciona, aprenden primero a identificar el proceso perverso y luego a defenderse y a acumular pruebas.

El dominio

En la pareja, el movimiento perverso se inicia cuando el movimiento afectivo empieza a faltar, o bien cuando existe una proximidad demasiado grande en relación con el objeto amado.

Una proximidad excesiva puede dar miedo. Por esta razón, lo más íntimo es lo que se va a convertir en el objeto de la mayor violencia. Un individuo narcisista impone su dominio para retener al otro, pero también teme que el otro se le aproxime demasiado y lo invada. Pretende, por tanto, mantener al otro en una relación de dependencia, o incluso de propiedad, para demostrarse a sí mismo su omnipotencia. La víctima, inmersa en la duda y en la culpabilidad, no puede reaccionar.

El mensaje no confesado es «No te quiero», pero se oculta para que el otro no se marche. De este modo, el mensaje actúa de forma indirecta. El otro debe permanecer para ser frustrado permanentemente. Al mismo tiempo, hay que impedir que piense para que no tome conciencia del proceso. Patricia Highsmith lo describía así en una entrevista para el periódico Le Monde: «A veces ocurre que las personas que más nos atraen, o de las que estamos enamorados, actúan con la misma eficacia que unos aislantes de goma sobre la chispa de la imaginación».

El dominio lo establece un individuo narcisista que pretende paralizar a su pareja colocándola en una posición de confusión y de incertidumbre. Esto le libra de comprometerse en una relación que le da miedo. Por medio de este proceso, mantiene a su pareja a distancia, dentro de unos límites que no le parecen peligrosos. No quiere que su pareja lo invada, pero le hace padecer lo que él mismo no quiere padecer, ahogándola y manteniéndola «a su disposición». Si una pareja desea funcionar normalmente, debería establecer un refuerzo narcisista mutuo, aunque existan elementos puntuales de dominio. Puede ocurrir que uno intente «apagar» al otro, con el fin de estar muy seguro de que así queda en una posición dominante en la relación. Pero una pareja conducida por un perverso narcisista constituye una asociación mortífera: la denigración y los ataques subterráneos son sistemáticos.

Este proceso sólo es posible gracias a la excesiva tolerancia de la persona agredida. Los psicoanalistas interpretan a menudo que esta tolerancia está relacionada con los beneficios inconscientes, esencialmente masoquistas, que la víctima puede obtener de la relación. No obstante, veremos que esta interpretación es parcial, pues algunas de estas personas no han manifestado nunca tendencias autopunitivas con anterioridad ni las manifiestan más adelante; también es peligrosa, pues, al reforzar la culpabilidad de la víctima, no la ayuda de ningún modo a encontrar los medios para salir de esa embarazosa situación.

En la mayoría de los casos, el origen de la tolerancia se halla en una lealtad familiar que consiste, por ejemplo, en reproducir lo que uno de los padres ha vivido, o en aceptar un papel de persona reparadora del narcisismo del otro, una especie de misión por la que uno debería sacrificarse.

La violencia

La violencia perversa aparece en los momentos de crisis, cuando un individuo que tiene defensas perversas no puede asumir la responsabilidad de una elección difícil. Se trata de una violencia indirecta que se ejerce esencialmente a través de una falta de respeto.

La negativa a responsabilizarse de un fracaso conyugal se encuentra a menudo en el origen de una basculación perversa. Un individuo, que tiene un fuerte ideal de pareja, mantiene unas relaciones aparentemente normales con su cónyuge hasta el día en que debe elegir entre esa relación y otra nueva. Cuanto más fuerte sea su ideal de pareja, más fuerte será su violencia perversa. No puede aceptar esa responsabilidad. Su cónyuge deberá cargar con ella completamente. Si el amor disminuye, considera responsable a su pareja por una falta que ésta habría cometido y que no se nombra. También suele negar verbalmente esta disminución del amor, aunque tenga lugar realmente.

La toma de conciencia de la manipulación coloca a la víctima en un estado de angustia terrible. Al no disponer de un interlocutor, no se puede liberar del mismo. En este estadio, las víctimas, además de ira, sienten vergüenza: vergüenza por no haber sido amadas, vergüenza por haber aceptado humillaciones y vergüenza por haber padecido.

A veces, no se trata de un movimiento perverso transitorio, sino de la revelación de una perversidad que se había ocultado hasta ese momento. El odio que se enmascaraba aparece a plena luz y es muy similar al delirio de persecución. De este modo, los papeles se invierten: el agresor se convierte en agredido y la culpabilidad sigue en el mismo lado. Para que esto resulte creíble, hay que descalificar al otro con el fin de empujarlo a comportarse de un modo reprensible.

LA VIOLENCIA PERVERSA EN LAS FAMILIAS

Una vez instaurada en la familia, la violencia perversa constituye un engranaje infernal difícil de frenar, pues tiende a transmitirse de generación en generación. Nos situamos aquí en el registro del maltrato psicológico, que elude a menudo la vigilancia del círculo de allegados y que causa cada vez más estragos.

A veces, este maltrato se disfraza de educación. Alice Miller, que habla de pedagogía perversa, ha denunciado los perjuicios de esa educación tradicional que tiene el objetivo de quebrantar la voluntad del niño a fin de convertirlo en un ser dócil y obediente. Los niños se vuelven incapaces de reaccionar porque «la fuerza y la autoridad aplastante de los adultos los silencian y pueden incluso hacerles perder conciencia».

La convención internacional de los derechos del niño considera como maltrato psicológico a los niños:

—la violencia verbal,
—los comportamientos sádicos y despreciativos,
—la repulsa afectiva,
—las exigencias excesivas o desproporcionadas en relación con la edad del niño,

—las consignas e inyecciones educativas contradictorias o imposibles.

Esta violencia, que nunca es anodina, puede ser indirecta y afectar a los niños sólo de rebote o por salpicadura, o bien puede apuntar directamente a un niño al que intenta eliminar.

La violencia indirecta

En la mayoría de los casos, la violencia se ejerce sobre el cónyuge al que se intenta destruir. Sin embargo, también afecta a los niños. Éstos son víctimas porque están ahí y porque se niegan a distanciarse del progenitor agredido. Reciben una agresión en tanto que hijos de la víctima. Como testigos de un conflicto que no les concierne, reciben toda la maldad que éste conlleva. Por otra parte, el progenitor herido, como no consigue expresarse ante su agresor, vuelca también sobre sus hijos toda la agresividad que no ha podido exteriorizar en su momento. Frente al vituperio permanente de uno de los progenitores por parte del otro, los niños no tienen otra salida que la de aislarse, con lo que pierden cualquier posibilidad de individuación o de pensamiento propio.

En lo sucesivo, si no encuentran una solución en sí mismos, los niños llevarán consigo una parte de sufrimiento que reproducirán en otros lugares. Se trata de un desplazamiento del odio y de la destrucción. El agresor no puede contener su morbosidad y su odio pasa del ex cónyuge detestado a los niños, que se convierten en el objetivo que hay que destruir.

La violencia directa

La violencia directa es la señal de una repulsa consciente o inconsciente del niño por parte de uno de sus padres. El padre —o la madre— se justifica explicando que actúa por el bien del niño, con un propósito educativo, pero, en realidad, ese niño le molesta y necesita destruirlo interiormente para protegerse.

Sólo la víctima puede percibirlo, pero la destrucción es real. El niño se siente desgraciado, pero no tiene nada objetivo de lo que quejarse. Si se queja, se queja de gestos o de palabras vulgares. Así las cosas, únicamente se comenta que el niño no se siente bien consigo mismo. Sin embargo, existe una voluntad real de anularlo.

Al niño maltratado se lo considera inoportuno. Se dice que resulta decepcionante, o que es el responsable de las dificultades de sus padres: «¡Este niño es difícil, no desaprovecha ninguna ocasión, lo rompe todo; en cuanto le doy la espalda, no hace más que tonterías!». Este niño decepcionante no se inscribe en la representación del imaginario parental.

Los niños que son víctimas de agresiones perversas no tienen otra salida que los mecanismos de separación protectora, y son portadores de un núcleo psíquico muerto. Todo lo que no metabolizaron durante su infancia se reproduce en la edad adulta a través de acciones que se perpetúan.

Aun cuando todos los niños maltratados no se conviertan en padres que maltratan a sus hijos, se crea una espiral de destrucción. Cada uno de nosotros puede llegar a volcar su propia violencia interior sobre otra persona. Alice Miller muestra cómo, por un lado, con el tiempo, los niños o las víctimas bajo dominio olvidan las agresiones padecidas —basta con quitarles la voluntad de saber—, pero, por otro lado, las reproducen sobre sí mismos o sobre los demás.

Los padres no sólo transmiten a sus hijos cualidades positivas como la honradez y el respeto a los demás. También pueden enseñarles a desconfiar y a desviarse de las leyes y de las reglas con el pretexto de la «picardía». Es la ley del más listo. En las familias en que la perversión es la regla, no es difícil encontrar un antepasado transgresor, conocido por todos aunque oculto, y considerado como un héroe por su tunantería. Si alguien se avergüenza de él, no lo hace porque haya transgredido la ley, sino porque no ha sido suficientemente pillo como para evitar que lo detengan.

El incesto latente

Junto a la violencia perversa que consiste en destruir la individualidad de un niño, encontramos familias en las que reina una atmósfera malsana que se ha construido a partir de miradas equívocas, de tocamientos fortuitos y de alusiones sexuales. En estas familias, las barreras entre generaciones no se establecen claramente; no existe una frontera entre lo trivial y lo sexual. No se trata propiamente de incesto, sino de lo que el psicoanalista P.-C. Racamier denomina lo incestual: «Lo incestual es un clima: un clima en donde sopla el viento del incesto sin que haya incesto».Se trata de lo que yo llamaría el incesto soft (blando). No hay nada que se pueda atacar jurídicamente. La violencia perversa está ahí, pero no hay signos aparentes de ella.

EJEMPLOS: 

[Se trata de una madre que le cuenta a su hija de doce años los problemas sexuales de su esposo, y que compara los atributos de éste con los de sus otros amantes.

Se trata de un padre que le pide a su hija que le sirva regularmente de coartada y que lo acompañe y lo espere en el coche cuando va a ver a sus amantes.

Se trata de una madre que le pide a su hija de catorce años que examine sus órganos genitales para ver si tiene una rojez: «¡Al fin y al cabo, nos conocemos, estamos entre mujeres!».

Se trata de un padre que seduce a las amigas de su hija de dieciocho años y que las acaricia en su presencia.]

Estas actitudes producen un clima de complicidad malsana. La barrera entre las generaciones no se respeta. No se permite que los niños se mantengan en su posición de niños, sino que se les integra como testigos de la vida sexual de los adultos. Este exhibicionismo se presenta a menudo como una forma de ser moderna, que «está al día». La víctima no puede defenderse; si se rebela, se burlarán de ella: «¡Estás atascada!». Por lo tanto, se ve obligada a negarse a sí misma y a aceptar, so pena de volverse loca, unos principios que, de entrada, percibía como malsanos. Paradójicamente, puede ocurrir que esta actitud liberal coexista con otros principios educativos estrictos, como por ejemplo la preservación de la virginidad de la hija. La puesta en marcha del dominio perverso impide que la víctima pueda percibir las cosas claramente y, por lo tanto, que pueda atajarlas.

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